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SUFÍ

CUENTOS PERSAS de NASRUDÍN

CUENTOS PERSAS de NASRUDÍN
SUFÍ

CUENTOS PERSAS de NASRUDÍN

13.515 CLP Before 15.900 CLP

Promoción válida desde 27-07-2021 al 31-07-2021

Esta serie de cuentos del mulá (sacerdote, maestro, a veces juez)

Nasrudín procede de Egipto y como casi toda la literatura popular es

anónima. El estilo, más literario que en las historias precedentes de

Turquía o el Magreb, se corresponde con la forma barroca de narrar del

país del Nilo.

Según cuentan los cronistas, en el siglo XVI entró

en Egipto el personaje turco -conocido en todo el mundo árabe como Yûha

o Yehá- con el nombre de Hodja (maestro) Nasrudín, a través de las

antologías turcas de sus historias, heredadas de Persia y Grecia.

Durante

el dominio de la Sublime Puerta hubieron de convivir el árabe Yehá y el

neoturco Hodja, y ambos conquistaron el corazón de los egipcios.

Se

han escrito ríos de tinta sobre el origen del personaje, su vida y su

muerte; se ha especulado sobre las distintas versiones y diferentes

nombres que ha recibido según los países: Hodja, Yehá, mulá Nasrudín,

Efendi, entre otros muchos.

En todas las versiones aparece como un personaje popular, no sólo por su notoria fama literaria, sino por su carácter.

Los

sufíes, que sostienen que la intuición es la única guía hacia el

conocimiento, usan estas historias repitiendo aquéllas que más los

atraen hasta hacerlas suyas.
Afirman que de este modo se puede lograr una apertura hacia una sabiduría más elevada.
Cualquiera,

y en este esto coinciden todas las culturas, puede hacer con los

cuentos de Nasrudín lo que se ha hecho en el transcurso de los siglos:

disfrutarlos.


EL SUEÑO

Nasrudín llegó a la bella

ciudad Isfahan, en la lejana Persia, en busca de fortuna. Fatigado por

el largo viaje y después de atender a su burro, comió lo que le quedaba

en su morral, unos pocos dátiles secos, y se echó a dormir debajo de una

frondosa morera.

Apenas cerró los ojos, soñó que un ángel resplandeciente depositaba en su mano nueve monedas de oro.
- ¡ Pero yo necesito diez monedas de oro para establecerme!- chilló el mulá en sueños.
Gritó tan fuerte que se despertó mirando desolado sus manos vacías.
- Está bien, no discutamos; me conformo con las nueve- murmuró cerrando los ojos.
Devuélvemelas y estaremos en paz.